Ser hombre o mujer en pleno siglo XXI y en el rol dirigencial, sobre todo en clubes amateurs, tiene sus méritos, por la época que nos toca, sin vocaciones altruistas como antaño y sin tiempo para una institución. Ser dirigente en clubes con tantos problemas sociales y donde no existe el reconocimiento monetario por el esfuerzo es estar hablando de un prototipo de conducta de un héroe moderno que engrandece a la vida en comunidad.
Al Club Everton le tocó despedir a uno de esos que pasó treinta y cinco años en el anonimato, regocijado en el aliento de propios y caricias sinceras de los extraños a la causa del “Decano”. Marcelo Fortes era uno de la raza de jugadores de fútbol que se incorporan al grupo de soñadores crónicos. “El Negro” actuó con la bondad y la transparencia de un corazón puro de nuestro mundo amateur. Y desde el seno de la Liga Amateur Platense de Fútbol celebramos su vida, en el círculo central del campo de deportes ubicado en el sur platense, barrio Aeropuerto, delegación municipal Villa Elvira.
Allí concentró el amor y el desvelo por la obra. “Esto que vemos representa lo que era el Negro Fortes, que va a seguir estando por lo que hizo”, se atrevió a poner palabras Pablo Ricciardi, secretario Liguista. Coincidimos en que su ausencia será solamente física., en el lugar que dejó en el ejercicio de la Presidencia y donde gritó un gol personal en Primera; el Everton que vio campeón varias veces, y que en sus primeros trotes dentro de la Comisión Directiva lo ayudó a ganar una plaza fija en torneo Federal B del Consejo Federal de la AFA. Allí quedó la huella de sus botines y el de las jugadoras del femenino, el Senior, el infantil y el juvenil, y además el sudor de quien abrió el hochey, otro surco ideal para que las niñeces y juventudes pasen por la puerta del Predio “Oscar Pachi Funes” hacia un deporte familiar y con cancha sintético, cuandola billetera parecía ser el límite del gran objetivo.

“¡Se llevaba bien con todos, y cuando sos así…!”, saca de adentro lo que guardó el alma del hermano mayor Gustavo Fortes. Para entender los recobecos de un corazón que no pidió nada, hay que buscar en la casa donde nació, en Ringuelet, en 519 entre 9 y 10; o en la de su adolescencia en 49 entre 27 y 28, donde ya oficiaba “de nexo de los tres hermanos y los padres”, Ana y Lorenzo, ese papá que parte el mismo año que Marcelo se suma al club, en 1988, en esta liga muy distinta a la actual, con tres equipos nomás, la Cuarta, la Reserva (ahí se sumó él) y la Primera. Se proponían levantar las banderas de la recuperación del fútbol del club fundador de nuestra Liga y ascendieron el primer año. Era vecino a cinco cuadras de aquella cancha del Parque San Martín. En sus primeros partidos compartió la delantera con Luis Martín, “eran los dos número 9 y se peleaban para darle la pelota al otro para que metiera el gol”, dice el mayor de los Fortes, que solo jugó al básquet. Es el Martín que le regaló una camiseta de la Selección Argentina, porque la vida lo llevó a ser el preparador físico de Scaloni en el pasado Mundial.

Sin su “presencia física”, algo que va a costar durante un tiempo, Everton ya disputó tres jornadas con la de ayer. Me entregué a la tarde del 23 de julio de 2023, donde la directiva Liguista realizó el acto homenaje en conjunto con la institución. Las almas del fútbol amateur que no promueve el marketing porque éstos jugadores son amados de verdad, admirados en la intimidad, como lo viví en 32 años de oficio de acompañar con historias, y volví a sentir que la dirigencia deja de lado diferencias frente a la vida y el valor de transitarla. “Estamos porque el Negro siempre estuvo con la Liga”, dijo Leandro Campano, hoy titular de la madre del fútbol platense; al tiempo que Marcelo Mazzacane, quien ayer tuvo el honorable cargo, los recibía con un sincero agradecimiento.
En ese mediocampo se hizo presente todo el plantel superior, pisando el campo para recibir a Estrella de Berisso, con un detalle que nació del corazón del vestuario y me lo contaba Gustavo Bianco, el entrenador: “La idea era que vaya el DT y el capitán, pero fue lógico que terminemos yendo todos juntos. El Negro no hacía diferencias, nos quería a todos de la misma manera. Esos cinco minutos en un abrazo simbólico que le habrá llegado”.

Hay una historia de amores y quise sentirlo, reviviendo algún suave murmullo de Marcelo como lo hizo con este escriba. Y subí a la tribuna, cerca de la familia, charlando de a ratos con el círculo más íntimo, en los mismos escalones donde él sufría en los partidos de local. Allí estaban los tres hijos, con el okey de abrir el corazón como el mejor tesoro, el legado de estar contentos pese al duelo que se quiere y el rostro de los chicos me enseñó (como su papá) que la vida sigue eternamente.
Decía Marianela Fortes que “cuando mi papá era jugador nos traía a sacar yuyos a este predio, sacábamos con la mano, ¡esto era todo pasto! Nos llevaba a comer fideos con los jugadores y los seguíamos en el micro con mamá´(María José) cuando jugaban en Verónica o en Magdalena”.
La más chica es Morena Fortes, nacida en 2003, “el bombón de papá”, como le decía. “Daba sin esperar recibir nada a cambio; no cobraba por lo que hacía, la devolución era ver a la gente disfrutar”, sostiene con su timidez.
Hubo una plaqueta para la familia Fortes, que fue a los brazos de la primogénita. Dice así: Homenaje a su memoria: Marcelo Fortes 1966-2023. Jugador, Dirigente y Amigo… Por su inclaudicable dedicación al crecimiento de su querido EVERTON y nuestros Clubes. Siempre estarás presente en nuestros corazones.

Bautista Fortes, el único varón nacido once meses antes que Morena, es parecido a papá en lo corporal y el carácter sociable. “Las banderas, gracias Negro, Negro Eterno, La Banda del Negro. Todo el mundo está agradecido, lo mismo otros clubes, ayudaba a todo el mundo en lo que podía y en esas cosas siento que la gente le devuelve ese cariño que dio”, piensa aquel que jugó en la categoría 2002 evertoniana.
Los tres coinciden que ubicar a papá un fin de semana era complicado. Pero al estar con ellos, jugaba y mucho, hasta el extremo de mirar un partido de Bauti (en infantiles de Everton o de Gimnasia).
“Esas locuras con papá; en todo lo que es deporte fue mi pilar. Estaba al lado mío, tanto que corría a la par mía para que yo no caiga en la ley del orsai. Cuando empecé en el hockey, lo mismo. Decía que cuando se recuperase del cáncer quería jugar al hockey. No se cansó de todos los años de vernos jugar a nosotros que ¡también quería jugar él!”, dice Bauti, hoy integrante de la Selección Argentina.

Su devoción por los pibes se puede ver hoy en jugadores de la Primera unidos, los mismos que lo abrazaban cuando eran chiquitos, Jero y Juani Posa, Facu Plaza, Mati Mazzacane. O uno de la Novena que quiso como un hijo más, “El Pepi” Benjamín Salguero, que explicaba cómo El Negro le decía que le pique la pelota a los arqueros.
“Me llegó su amor por enseñarme a querer mucho al club y me ayudó mucho en la parte futbolística y personal. Cuando yo estuve internado y me vino a ver”, comentó Mateo Campos, un pibe de la categoría 2010 que llegó con 4 años al Club y al que “El Negro” bautizó “Negrura”.

En la misma tribuna está el novia de una hija, y la novia de un hijo; la ahijada Guadalupe y la cuñada Daniela que nunca se olvidará de que a Marce le gustaban sus pizzas caseras y el progreso. “Quería que todos estuviésemos bien, comprate un sillón nuevo, hacete la pileta. Desde pequeño, la madre lo retaba porque venía sin un buzo o campera, porque se la dio a uno que dormía en la calle. Decía ‘con lo que tengo me sobra… y capaz que no tenía nada. En el Club Everton quería poner un jardín, le interesaba que los chicos tengan un lugar donde estar”, detalló Daniela.

Otro símbolo de lealtad en el Club tiene nombre y apellido, Gonzalo Uranga, quien lleva la camiseta desde el mismo año ’88. “El Negro es un tipo especial y digo es, porque su esencia permanecerá flotando en los rincones del Club y por supuesto en la memoria y los corazones de todos quienes fuimos sus contemporáneos. Entregó su vida con el compromiso de hacer crecer a Everton. Siempre invitando a todos los que alguna vez pasaron por el Club para generar un retorno a colaborar de la mano de esa sonrisa siempre dibujada en su rostro. Creo que va a haber un Everton antes y después del Negro Michael”.
Federico Sirolli, integrante de la Comisión, está a diario en el predio y desde 2014 conforma un grupo de padres que encauza el hockey en El Decano. “Me preguntan sobre uno de los valores más grandes que tenía y realmente es una pregunta compleja, pero el más importante es la lealtad. Priorizaba a los deportistas, y por más que muchas veces no todos coincidían con sus formas, nadie jamás podría animarse a cuestionar su integridad humana, para con Everton, y me atrevo a decir con la mayor cantidad de clubes de la ciudad, como así también comedores y merenderos. Fue uno de los que me enseñó que gestionar un Club era con infraestructura, brindarle espacios a los deportistas para que puedan juntarse a compartir momentos. Nos transmitió el verdadero significado de uno de los grandes lemas del club, que es el orgullo de pertenecer”.

En 2009 se mudó a Arana. Encontró un lugar de cercanía a su segunda casa de siempre. En su esquema de vida, podía estar mentalmente en el Club aunque no estuviese. Quería morirse en Everton. Sus hijos nos brindan el relato y nos parece una de esas comedias de familia, dignas de una toma de película.
“Estando en su peor momento, se peleaba con nosotros porque quería venir a ver las obras del Club”, confiesa Morena.
“Fue a ver el partido con Unidos de Olmos, en Etcheverry. Lo emponchamos, gorrito, campera negra, la silla de ruedas y al auto; era un riesgo traerlo, por su estado de salud”, describe Marianela.
Así y todo, se bajó del auto, se apoyó sobre el alambrado de atrás de uno de los arcos y le gritó al arquero, su sobrino Camilo Crozzolo, “¡dale, gordito lindo!”.
“Salía de una internación y se desesperaba por ir a Everton, aunque no tuviera fuerzas”. Marcelo se la ingeniaba, como cuando se acabó la Primera y se “autocreó” el Senior, la categoría que aún no estaba constituida en el contexto oficial de la Liga Amateur Platense. “Vamos a seguir jugando…”, una frase que merece el subrayado, para la vida, para el legado de los que vivimos soñando que algo mejor siempre puede pasar.
El personaje querible que supo trascender con virtudes como la alegría y el optimismo, con virtudes y defectos, pero “no confrontaba… Mirá (toma aire y responde el hermano), había cosas que yo no aceptaba y me convencía; decisiones donde terminé cediendo por cosas que él quería hacer. Tenía esa facilidad para entrar a cualquier lado y podía hacerlo sin que le opongan resistencia porque era sano. Ahora te vas dando cuenta todo lo que fue dejando, como con las obras; como decía él, es un trabajo silencioso”.

“Era desapegado a lo material y apegado con lo humano”, señala una mujer, en una frase que termina de cerrar la tarde en que vimos a Everton con el Negro, aunque él ya no estuviera.
Con esas ganas, en el crespúsculo de la tarde con frío pero sin viento, el equipo demostró las ganas de Marcelo Fortes y llegó al empate. El gol que tiene algo del milagro del juego en equipo. El mismo milagro que significa ser dirigente hoy en pleno siglo XXI y en clubes amateurs de nuestra centenaria Liga Amateur Platense de Fútbol.


