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El adiós a Guillermo Pallanza, uno de los grandes preparadores físicos de nuestra Liga

14/09/2026

El adiós a Guillermo Pallanza, uno de los grandes preparadores físicos de nuestra Liga

Guillermo Pallanza fue un preparador físico con gran aceptación en los grupos donde estuvo. Nuestra Liga tuvo el honor de verlo campeón en Estrella (1988) y Fuerte Barragán (1996), además de trabajar en For Ever, El Cruce, La Plata FC y San Juan Bautista.

Alcanzaba con ver la entrada en calor de aquel equipo del Fuerte Barragán, hace treinta años, para decir que ése grupo había sido aceitado por dos conocedores del fútbol. Lo dirigía Oscar Barroso y en la preparación física estaba Guillermo Pallanza. Desde hacía tres años peleaban arriba, pero faltaba coronar, y aquella temporada de 1996 todo fue en positivo. Tanto es así que ganaron la Liga mientras se atrevieron a la competencia cruzada en el Torneo Argentino B.

Esos de rojo eran capitaneados por Luis Martín. La final llegó el 12 de diciembre contra Sport de Magdalena, una noche en Estudiantes. Por segunda vez Pallanza era campeón (la anterior fue con Estrella en 1988). Y el gesto del profe explotó con la pitada del árbitro, Hugo Cordero, del fútbol grande de AFA. Se fue al mismo lugar que buscaban los jugadores: el centro de la cancha y de la historia.

Algún fotógrafo con máquina analógica, en tiempos sin tanta digitalización ni redes, tomó esta imagen que inmortalizó a Guillermo, de puños apretados.








Otro grito victorioso de Guillermo Pallanza fue en otro diciembre eterno, el de 2022, cuando la Selección Argentina alzó la Copa Mundial. Un hincha entre tantos millones de almas que exhalaban problemas y una etapa de pandemia que se llevó a tanta gente. Y valía doble para Guillee, por su amistad con Luis Martín, PF de Messi y compañía, el mismo que fue jugador en la Liga Amateur y escuchó mil veces las ordenes de Pallanza. “Veo a Luis y me emociono... Guardé dos audios de él más que a mi propio documento”, confesaba hace poco Guille. La admiración entre colegas era mutua. Por eso, desde el mismo día que nos falta Pallanza en este teatro de la vida, Luis eligió despidirlo con esta frase que era un código entre ellos: “El profe del profe”.

Las vueltas de la vida: el propio Martín llegó a convencerlo para que volviera a la Liga Amateur Platense de Fútbol, a sus sesenta años, después que habían pasado quince sin Pallanza en nuestros campos de juego. Primero se puso el buzo de La Plata FC, y luego, llevó su disciplina y carisma a San Juan Bautista.

Cada ser humano deja una huella. Queremos recordar a Guillermo Osvaldo Pallanza tal como fue, a la hora de trabajar y de vivir, donde ganaría tantos adeptos por su forma de sonreír. En su camino, progresó a base de estudios, la docencia en distintos campos de la educación física, y al fin, sus días felices, entre goles y canastas, en una cancha barrial o en un gimnasio. Era dueño de una chispa única. Era hijo de “Tita” y de Osvaldo; formó una familia con Karina, la madre de sus tres hijos, Antonella, Catalina y Juan.








Nacido el 5 de enero de 1962 en Berisso, del barrio Puente Roma, criado sobre una calle de tierra paralela a la avenida Génova, en la vieja Carlos Gardel, entre 153 y 154. Se abrió caminos con una hermosa barra compinche que descubrió en la Escuela de Enseñanza Media 1, donde se repartían libros, salidas y canchas, entre otros, Gustavo Pérez, Fabián García, Ariel Ulloa, Marcelo Scrignar, Jorge Morales y Guillermo Pallanza —el Cabezón se sumó en segundo año—. Profesaban la devoción por el deporte, y alguna vez hicieron el equipo propio, "Los Galancitos", sumándose refuerzos de lujo, Raúl Díaz y Carlos Girardengo, quienes tuvieron un pasado en el fútbol de AFA y se retiraron en la bendita la Liga Amateur. También estaban "Piki" Roca, Marcelo Aguirre. Berissenses todos, y amigos de amigos... Así es la vida en esa ciudad con acento inmigrante.

Una vez, la directora del establecimiento educativo advirtió a ese grupezco por alguna rebeldía de la edad y la respuesta salió como un contraataque perfecto. “La culpa es de ustedes por juntarnos a todos en la misma división”.

Siendo de la clase ’62 —la que tuvo que defender las Islas Malvinas—, si bien Guille estuvo lejos de ir a la guerra, primero pasó por aquel sorteo. No quería saber mucho con el servicio militar. “Le tocó el número alto, 984, y a mí el 498, los mismos números pero invertidos, hasta ese punto llegaban nuestras coincidencias. A Guille le tocaba de cabeza la Marina pero se salvó por una fractura en el codo”, cuenta don Gustavo Pérez, inseparable desde los 12 años.

Pallanza fue sinónimo de básquet. Fue base en YPF, pasó brevemente por Atenas y en 1979 llegó a su segunda casa, el CEYE, donde hoy juega su hijo.

Después, decidió dar los pasos universitarios, con el profesorado de educación física. Al revés de otros amigos que ingresaron en la UNLP, decidió extrañarlos a todos e inició su formación en Mar del Plata, para terminar en la Universidad de Lomas de Zamora.

Diplomado, se volvió a Berisso y el vínculo laboral fue con Estrella, en los años de "Chiche" Vicente en la presidencia. Fue el "P.F." de una primera de lujo, con dos diez zurdos, Amaya y Capel; alineado a un DT serio y honesto como el recordado Barroso. Ganaron el campeonato de 1988. Con veintiséis años estaba al frente de la puesta física de un plantel que jugaba por placer y no por dinero.

A ese equipo “Cebra” lo seguía cada sábado Christian Rey, con su papá. El destino quiso que siete años después Pallanza asuma con Barroso en "El Fuerte" y uno de los arqueros sea Rey. “Fue mi padrino profesional —afirma Christian—. Recuerdo que había empezado a estudiar el profesorado y en algún entrenamiento cruzamos una de esas bromas con las que uno hinchaba para aflojar. ‘Che, Cabezón, fíjate que estamos haciendo demasiada fuerza’. Shhh, me pedía silencio. 'Usted opine cuando tenga el diploma en un cuadrito'". Pero no hizo falta a recibirse y la anécdota de Rey quedó entre sus recuerdos y agradecimientos más grandes hacia el amigo. “¿Cuantas materias tenés metidas?”, encaró Guille al fortachón guardavallas. “Y ni bien le digo que tenía el ochenta por ciento de las materias metidas, me dice ‘¡el lunes empezás a laburar conmigo en una colonia!”.








Hubo una época en que se saturaría de laburo. Tomó las categorías menores del básquet de YPF, de CEYE y de Estudiantes de La Plata. La anécdota que desató una de sus risas cómicas fue cuando Pérez —amigo y colega— le propone al “Gallego” Gómez —técnico del quinteto Pincha— contar con Pallanza como preparador físico. “Tiene un grave problema, al igual que vos... Es tripero”. Lo hicieron y cuando Gómez se fue a dirigir a Boca, en aquel gimnasio “Pedro Osácar” de calle 53 quedó la dupla Pérez-Pallanza, un pincha y un tripa, amigos y hermanos.

Se puso al hombro múltiples trabajos: docente en la escuela de cadetes del Servicio Penitenciario Bonaerense, patios de establecimientos educativos, y la colonia de verano Recrear para los hijos/as de empleados de IOMA, que funcionó diez años en el Country de City Bell. Armó los equipos del Círculo Penitenciario, de la Asociación Platense de Basquet, y también pasó por nuestro fútbol en For Ever y El Cruce. En 2002 se radicó en San Luis con un emprendimiento familiar.

Aníbal Urbanski, otro colega —lo reemplazó diez años en una escuela pública—, contó que “últimamente, ya jubilados ambos, charlábamos en la previa de los partidos del Lobo querido cuando nos encontrábamos en los pasillos de la Platea H. Siempre tirándonos algún chiste y dándonos ánimo mutuo”. Visceral, solía enojarse cuando el Lobo no andaba bien. En ese sentido albiazul de su existencia, también lo recordaron “El Colo” Scrignar (“era tripero hasta la médula, y uno de los tipos que más me hacía reír, espontáneo y alegre”) y “El Sapo” Girardengo —ex talento tripero, luego jugador del Fuerte con Guille de PF (“Algo que recuerdo siempre es que junto a su papá, un personaje igual que él, veían el partido parados detrás del arco del bosque, pegados al alambrado”).

Todos coinciden en esa mágica personalidad de Pallanza. Capaz de arraigar una amistad desde el primer contacto. Humano. Transmisor de buenos sentimientos. Su adiós fue repentino. Su recuerdo será permanente.

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